Le puse una cámara a mi perra para ver qué hacía mientras yo trabajaba
Historia de una lectora
Le puse una cámara a mi perra para ver qué hacía mientras yo trabajaba. Ojalá no lo hubiera visto.
Por Fernanda R., Ciudad de México

Volví a la oficina en marzo, después de casi cuatro años trabajando desde la casa.
Canela llevaba toda su vida conmigo en el mismo cuarto. Echada debajo del escritorio, encima de mis pies, levantando la cabeza cada vez que yo me paraba por un café. No conocía otra cosa.
El primer día que la dejé sola pensé que iba a dormir. Que se iba a acomodar en su cama, se iba a aburrir un rato y me iba a esperar dormida. Es lo que uno se dice.
Puse la cámara un martes. No por desconfianza, de verdad que no. Fue curiosidad, de esas tontas. Quería verla dormir.
Lo que vi desde mi escritorio
Abrí la aplicación como a las once, entre dos juntas, con el teléfono abajo del escritorio para que nadie me viera.
Esperaba encontrarla dormida. Quería la foto para mandársela a mi hermana.
Estaba sentada frente a la puerta.
Pensé que se había congelado la imagen. Cerré la aplicación y la volví a abrir. Ahí seguía, en la misma posición.
Volví a mirar a la una, cuando bajamos a comer. Ahí seguía. Ahora con la cabeza recargada en la puerta.
Y volví a mirar a las cuatro y media, antes de salir. Igual.
Ocho horas mirando una puerta.
Esa tarde no serví para nada. Contesté correos sin leerlos.
En todo el día no tomó agua, no se echó en su cama, no tocó el hueso que le dejé en la sala. Se movió tres veces, y las tres fueron para acomodarse en el mismo lugar.
Y luego me cayó el veinte de lo peor: no era el primer día. Era todos los días. Llevaba semanas pasando, exactamente igual, y yo no tenía ni idea.

Y luego llegó la culpa
Porque yo no me voy por gusto.
Me voy porque hay que pagar la renta, la luz, el internet, sus croquetas y sus vacunas. Me voy porque no hay de otra.
Pero eso ella no lo entiende. Para ella yo abro la puerta, desaparezco, y no hay forma de saber si vuelvo en dos horas o si ya no vuelvo nunca.
Durante semanas salí de mi casa con un nudo en el estómago. Y a media junta me acordaba de la imagen de la cámara y se me iba el hilo de lo que estaba diciendo.
Todo el mundo tenía una solución
Lo conté en la comida del domingo y en treinta segundos ya tenía cuatro respuestas encima de la mesa.
Que le consiguiera un compañerito, que un perro solo se deprime.
Que la sacara a correr en la mañana para que se cansara y se durmiera todo el día.
Que estaba muy consentida, que yo la había malcriado, y que se le iba a quitar sola con el tiempo.
Que la dejara llorar. Que así aprenden.
Y yo, que estaba desesperada, hice caso de todo.
Cinco meses probando cosas
Me levanté a las seis durante semanas para sacarla a caminar cuarenta minutos antes de irme. Llegaba a la oficina cansada yo, no ella.
Le dejé la tele prendida todo el día en un canal de naturaleza. Alguien me juró que el ruido los acompaña.
Le dejé una playera mía sin lavar dentro de su cama, porque me dijeron que el olor de uno los calma. Y sí, se echaba encima de la playera. Pero de frente a la puerta.
Contraté a un paseador para que la sacara a media mañana. Doscientos cincuenta pesos cada vuelta, tres veces por semana. Lo dejé al mes, cuando ya llevaba tres mil pesos.
Y ahí aprendí algo. Los días que él iba, la cámara la agarraba feliz esos cuarenta minutos. Y en cuanto se cerraba la puerta otra vez, de regreso a su lugar frente a la entrada, exactamente igual.
No era que le faltara salir. Era que le faltaba yo.
Pagué cuatro sesiones con una adiestradora. Tres mil doscientos pesos. Buena persona, y aprendí cosas. Pero las tareas eran para hacerlas conmigo presente, y mi problema empezaba justo cuando yo no estaba.
Cinco meses. Más de seis mil pesos entre una cosa y otra. Y la cámara seguía enseñando exactamente lo mismo.
El día del que no me siento orgullosa
Un jueves llegué tarde, de malas, y encontré la esquina del sillón rasguñada.
Y le grité.
Le grité de verdad, con el dedo, señalando el mueble, diciéndole cosas que un perro no puede entender. Ella se hizo chiquita contra la pared y se quedó viéndome sin entender nada.
Esa noche me sentí la peor persona del mundo.
Ahí también pensé en el otro perro. Estuve a nada de ir por uno. Lo que me detuvo fue pensar que si me equivocaba iban a ser dos perros en el departamento, y el miedo de ella iba a seguir siendo de ella.
Las pastillas duraron tres días
Fui con el veterinario y me recetó unas gotas.
Se las di el viernes, el sábado y el domingo.
El domingo en la tarde la encontré echada en la sala con los ojos abiertos, viendo a la nada. No movía la cola cuando yo pasaba. No se paraba cuando abría el refri.
No estaba tranquila. Estaba apagada.
Yo no quería una perra apagada. Quería a mi perra, pero sin miedo. Tiré el frasco.
Lo que me cambió la cabeza me lo dijo una desconocida
Fue en la veterinaria de la esquina, esperando mi turno para las vacunas. Se sentó al lado una señora que resultó tener una pensión para perros, y que ni siquiera trabajaba ahí.
Le conté lo de la cámara nada más por platicar. Y me dijo una cosa que se me quedó grabada:
«Eso no es desobediencia, mija. Eso es pánico.»
Me explicó que un perro que se queda solo no tiene forma de saber si te fuiste dos horas o si ya no regresas. Que el cuerpo se le enciende en alarma en el momento en que cierras, y ahí se queda, encendido, hasta que oye la llave.
Que no se está portando mal. Que está esperando algo que no sabe si va a pasar.
Y entonces entendí por qué nada de lo que yo había hecho servía.
Porque el miedo no se educa. No lo puedes regañar. No lo puedes cansar a caminatas. No lo puedes convencer con un juguete.
Al miedo hay que bajarlo.
Y aquí viene lo que yo no sabía
Me preguntó si sabía cómo hace una perra para calmar a sus cachorros recién nacidos.
Le dije que no, obviamente.
Resulta que cuando una perra amamanta, su piel libera una sustancia sin olor para nosotros, que los cachorros sí perciben. No es un olor bonito ni un sabor. Es una señal química, y significa una sola cosa: estás a salvo, aquí perteneces, puedes dormirte.
Se llama feromona de apaciguamiento.
Y lo que me voló la cabeza es que el cerebro del perro nunca deja de reconocerla. No es algo de cachorros. Un perro de ocho años la percibe y su cuerpo responde igual que el primer día de su vida.
Los veterinarios llevan años usando una copia de esa señal para perros con miedo. Yo no tenía ni idea de que eso existiera.

Lo que acabé comprando
Me habló de unos collares que llevan esa feromona sintética y la van soltando poco a poco con el calor del cuello del perro.
Busqué en internet esa noche. Encontré varios, casi todos de fuera, y acabé pidiendo uno mexicano que se llama PetCalm, sobre todo porque llegaba rápido y porque devolvían el dinero si no funcionaba. A esas alturas yo ya no confiaba en nada.
Es un collar de silicona morada, delgado, que se pone además del collar normal. Se corta a la medida. No hace ruido, no vibra, no lleva pilas. Se lo pones y ya.
Lo que me hizo pedirlo, más allá del precio, fueron dos cosas: que no es un sedante, y que no hay que dárselo en la boca todos los días. Después de lo de las gotas, yo no quería volver a meterle nada.
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Las cuatro semanas, tal como fueron
Voy a contarlo honestamente, porque a mí lo que más coraje me daba era leer que a todo el mundo le funcionaba en un día.
Semana 1. Poca cosa. El tercer día la cámara la agarró echada en su cama como veinte minutos a media mañana. Fue la primera vez en cinco meses que la vi acostarse antes de que yo llegara. Me acuerdo perfecto porque le mandé la captura a mi hermana.
Semana 2. Empezó a tomar agua durante el día. Suena a tontería, pero para mí fue lo más importante de todo. Un perro que no toma agua en ocho horas es un perro que no se siente seguro ni para acercarse al plato.
Semana 3. Ya no me esperaba en la puerta. Se iba un rato y regresaba. La grabación empezó a verse aburrida, que era justo lo que yo quería.
Semana 4. Ya duerme. De lado, con las patas estiradas, como duerme cuando yo estoy en la casa.
No fue mágico. Fue gradual, y hubo días peores que otros. Pero la línea iba para un lado.

El día que vi esa grabación me solté llorando en la cocina, de pie, con el teléfono en la mano. Mi novio no entendía nada.
Lo que me hubiera gustado que alguien me dijera antes
Que no es tu culpa. Yo cargué cinco meses con la idea de que la había malcriado. No la malcrié. Se acostumbró a tenerme, y luego dejé de estar. Es lo que le pasó a media ciudad después de la pandemia.
Que regañarlo lo empeora. Un perro no relaciona tu regaño de las siete de la tarde con algo que hizo a las once de la mañana. Lo único que aprende es a tenerte miedo también a ti.
Que otro perro no lo arregla. Me lo dijeron tres personas distintas. Un segundo perro es un segundo perro, no una cura. Y si el ansioso le enseña sus manías al nuevo, tienes dos problemas.
Que cansarlo no es calmarlo. Un perro agotado con miedo sigue teniendo miedo. Nada más lo tiene acostado.
Si a tu perro le pasa lo mismo
Antes de nada: ponle una cámara. Aunque sea un celular viejo apoyado en un librero. Si no lo ves, no te lo vas a creer del todo, y yo necesité verlo para dejar de decirme que exageraba.
Mira si hace alguna de estas cosas:
Se queda en la puerta y no se mueve. Llora o aúlla los primeros veinte minutos. No come ni toma agua en todo el día. Rasguña la puerta o el marco. Se hace pipí adentro aunque esté educado. Jadea sin hacer calor. Y en cuanto llegas, te recibe como si hubieras vuelto de la guerra.
No hacen falta todas. Con dos o tres, es eso.
Qué esperar de verdad si lo pruebas
Tarda como una hora en empezar a soltar la feromona, así que el primer día ponle el collar un rato antes de salir.
Cada collar dura hasta 60 días. Es resistente al agua, no hay que quitárselo para bañarlo.
Y no le funciona a todos los perros igual. A algunos se les nota en días y a otros les toma dos o tres semanas de uso continuo. A mí me tomó tres.
Por eso lo que a mí me convenció fue la garantía: 30 días para probarlo y, si no ves a tu perro más tranquilo, te devuelven el dinero. Después de haber tirado seis mil pesos en cosas que no sirvieron, esa fue la única promesa que me pareció justa.
Una última cosa
Lo que más me pesa de todo esto no son los cinco meses ni los seis mil pesos.
Es que estuvo pasando semanas antes de que yo pusiera la cámara. Todos los días, ocho horas, y yo saliendo por esa puerta pensando que se echaba a dormir.
Si tienes la duda, ponle la cámara. Ojalá te equivoques y esté roncando.
Y si no, ya sabes por dónde empezar. Que es más de lo que yo tenía.

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AVISO: esta página relata la experiencia personal de una clienta y tiene fines informativos. No constituye ni sustituye el consejo veterinario profesional. PetCalm es un producto de bienestar, no es un medicamento, y los resultados pueden variar de un perro a otro. Si tu mascota presenta un problema de salud o ansiedad severa, consulta siempre con tu veterinario.